Las joyas de la corona

Frotando barandillas, con las manos desnudas,  bajo un techo de uralita, en otro de los infernales veranos mediterráneos. Con estas manos sucias y fuertes que tanto mal han hecho, que tanto han sufrido. Preguntándome por qué había aceptado aquel trabajo mísero y penoso, frotando barandillas con aguarrás, deshaciéndome la piel, para que los señores pintaran después.  Mi padre me lo había ofrecido varias veces, y me lo había pintado bastante bien, bien pagado, buen horario… buena mierda.

Trabajaba para un señorito de los que los calas nada más verlos, mimados por la vida, criado entre algodones, odioso a más no poder. Enano y gafudo, me recordaba a tantos y tan repelentes engendros con los que me había tropezado a lo largo del camino que ya ni me molestaba en reparar en él. Mi padre me dejaba en su viejo astra en la sede de BMW donde estábamos pintando y me recogía al salir, lo que resultaba más hiriente si cabe porque yo por entonces ya tenía mi GSXR 750 pero claro, sin carnet ni seguro ni conocimiento de mi padre, por lo que tenía que depender de él para ir miserablemente al tajo.

Así que así pasaba los días, deshaciéndome entre el aguarrás y el calor, lleno de mierda, frotando las interminables barandillas para sacarles el polvo y poderse pintar, metros, kilómetros de barandillas interminables. La nave tenía varios pisos a cada cual más caluroso, pero a nadie parecía importarle. Los mecánicos, los únicos con los que me llevaba bien, lo tenían asumido, y se tomaban el trabajo con filosofía y desasosiego, recogían 15 minutos antes de que sonara el pito y a correr, qué bien se vive en una concesión, pensé. Los comerciales, las oficinistas y todos los trepas y pasantes del negocio hacían fugaces pasos por  mis barandillas, mirándote como siempre miran a los curritos, como si fueran basura, o mejor, como si no existieran. Todo el mundo sabe que si eres un trepa de pro es tan importante  segregarte de la chusma como chupar bien ojetes y pollas e ir a currar con las rodilleras y los pantalones desgastados…

Todas las tardes, yo empezaba a trabajar después de comer antes que el turno de oficinas, por lo que cuando ellos volvían a sus duros puestos de trabajo yo ya estaba dándole a lo mío, muriéndome de calor y de desesperación, evadiéndome y volando con mi imaginación a miles de años luz de aquéllo. Subían la rampa sin mirarme, y yo para variar fantaseaba con empujarme a todas las zorras que por allí pasaban, contoneándose ( para otros), en los más diversos lugares, a lo que ellas respondían con las mas absolutas de las diferencias.

Recuerdo un día especialmente caluroso, de esos que no sabes cómo ponerte, sólo consigues pasar más calor y sofocarte cada vez más. Acababa de reanudar desde la comida, y ésta me pesaba y aportaba calorías a mi ya caluroso porte. De repente, de cuclillas, encontré una especie de nirvana. En medio de la rampa, en medio de una de mis barandillas, encontré una inesperada corriente de aire que me refrescaba y reconfortaba de una manera plausible. Así que ralenticé lo que pude hasta casi detenerme la marcha, limitándome a mover los brazos para frotar la baranda, mientras trataba de encontrar la fuente de tan dichosa ventolera. No cabía en mi de júbilo, con esa satisfacción que sólo se asocia a los más ignorantes, y yo orgulloso de encontrarme entre ellos, veo cómo se aproxima el pelotón de oficinistas directo al tajo, por mi rampa.

Ahora es cuando hacen como siempre, como que no me ven, y piensan ladinamente en mi muerte y en el fin de estas obras de acondicinamiento de la nave, pasan de largo y mañana será otro día…. pero no. Conforme van ascendiendo la rampa y aproximándose a mí noto cómo voy captando todas sus atenciones, especialmente de las unidades femeninas, que dígase todo aquel día eran más de las normales, igual había una reunión, o alguna mierda de esas que suelen pasar. Pero yo asustado, pensando que habían descubierte mi fuente de placer eólica y ésta era algo ilegal o en contra de alguna ley absurda, no podía dejar de devolverles la mirada, desafiante.

Los pocos metros se tornan abismos, y el pelotón parece disminuir la marcha a mi encuentro, cuando advierto que algo falla de verdad, que hay algo sucio en la mirada asombrada de las féminas, que incluso alguna sonríe levemente, siempre manteniendo el tipo, y que a mi altura ya fuera el grueso del grupo el que me miraba con descaro.

Entonces es cuando yo me empiezo a preguntar muchas cosas, desde que si mi sangrante existencia se había hecho desagradable hasta el hastío y me iban a votar ipso facto, o si mis ropajes eran especialmente zarrapastrosos ese día ( recordemos que curraba con la ropa más vieja y abyecta que tenía… y eso ya es) o si definitivamente ya había llegado mi hora, y las mujeres se habían dado cuenta de que yo era el amo, que deberían hacer cola para absorver mis genes a través de mis cuerpos cavernosos y asegurar su perpetuación en el universo y toda aquella mandanga que siempre sueña uno, pero claro aquello no me satisfacía porque también los hombre miraban…. envidiosos pensé yo, llegando a una conclusión de mi agrado.

Mas cuando el grupo ya prácticamente me había pasado, una rápida y reveladora mirada propia me sacó de todas mis ensoñaciones, de todas mis tonterías. La corriente reconfortante de aire y satisfacción se debía a que mis pantalones estaban rotos..

… y llevaba toda la polla y los huevos fuera colgando al aire.

Después de aquel día todo fue más fácil.

Kojimasexual 01 10

2 comments ↓

#1 Buitre on 01.14.10 at 8:07 am

ya podías escribir sobre cosas interesantes!!!! kasi me duermo! XD

Te ha faltao meter algún monstruo, elefante rosa o símil!

#2 kojimasexual on 01.14.10 at 11:16 am

jajaja, gracias por comentar ;) . La verdad es que no es de las más intensas, sobre todo si conoces el final, pero la releí el otro día que la había puesto en un foro hace años, y la he reescrito para la posteridad.

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