Hay etiquetas que te vas colgando a lo largo de la experiencia que es la vida. Unas te las ganas, otras te las crees, otras te las imponen y otras jamás las sabrás hasta que no las veas con una perspectiva que está lejos de tu alcance. Hay una que tengo muy clara desde hace tiempo, y esa es que soy un hombre -por acortar y no desviar el tema de a qué error de la naturaleza pertenezco- de mediana edad. Con apenas unos días de retraso, desde que estoy en mi trigésimo año de vida, que por paradojas de la vida se me permite anotar aún con el denostado 2 como comienzo “29″, va el mensaje del que está detrás o mantiene a flote lo poco que se ve de todo esto. Y por el momento será suficiente.
Hay mensajes que predico por los que entiendo que la gente entre al trapo, aunque ya sabéis que no voy a ceder un milímetro, pero cuando la gente me discute que soy ( y que sois los que sois quintos míos, año arriba año abajo, ¿EH?) de verdad que no lo entiendo. Cuando le piden a alguien que se ubique entre joven y viejo todos se posicionan entre los primeros, me parece muy bien, de hecho el mensaje del año pasado era ése: ” más cerca del principio que del final”, pero ay, amigos, qué pasa cuando hay que elegir entre joven, medio y viejo? No nos engañemos que ya estamos mayores para engañarnos.
Por mucho que tu madre te diga lo guapo y joven que eres, si has pasado de los veintitantos, has entrado en el saco de la mediana edad. Admítelo, cuando tenías 20 años y veías a otro al borde de los 30 no pensabas en él como joven, ni de largo, y por mucho que te cuides o te engañes nada va a cambiar. Pero no te preocupes, seguro que la tele tiene un montón de productos subnormales de los cuales eres target “como joven” y al consumirlos te mueves al bando que quieras, por eso no hay problema. Pero luego piensa en esa abuela de 63 años que va en minifalda por la calle, enseñando un escote con las tetas por las rodillas y un pecho en el que podrías rallar una piedra pómez, con una careta suficiente para pintar una casa, y que te da ganas de condenar la raza humana, y di para tus adentros que tú nunca serás así, que tú sabrás cuándo te has hecho viejo…seguro;).
Bueno, paro ya…si has llegado aquí es suficiente. Digo todo eso porque realmente no ha cambiado el mensaje en este año, aunque sí han cambiado mucho las cosas. El año pasado en estas fechas tenía muchas cosas que ahora no tengo-y seguramente tardaré mucho en volver a tener-, y ahora tengo otras que no tenía, y aunque son efímeras y volveré a perderlas, éstas y seguir sin tener las que perdí a lo largo del año pasado, no me puedo quejar de la experiencia, que al final es lo que cuenta. Sigo sin estar agusto con el tiempo que me ha tocado vivir, plagado de injusticias y represión para la clase obrera a la que pertenezco, y el pensar que “hay otros peores” es insultar a la inteligencia de cualquiera.
Pude saltar del barco antes de que me aplastara, y aunque volveré pronto aún sabiendo que hay muy pocos maderos a los que aferrarse, la esperanza es lo último que se pierde. Mis expectativas no han empeorado, ya que llegaron a un nivel tan bajo y tengo un plan tan poco halagüeño para cuando vuelva, que si me tocan 8 euros en el euromillón o encuentro un trabajo por 700 euros a jornada completa será un año bueno. Va a ser un año muy duro, durísimo, cuando vuelva a escribir un mensaje como este, desde mi recién estrenada cuarta década, las cosas para mí habrán cambiado mucho, pero siempre se sale adelante.
El que con 20 años no es progresista es que no tiene corazón, el que con 40 años no es conservador es que no tiene cabeza, es otro gran dicho del refranero, que me deja en un incómodo lugar al estar en medio y no saber hace dónde virar, aunque nunca será un cambio lo que me asuste, y yo siempre apuesto por el ser humano, siempre lo he hecho y siempre lo haré, a caballo perdedor, sabiendo que está todo minado y la gente no confía en el poder que tiene. Otro año que he viajado mucho, estoy desenvolviéndome de manera autónoma en un ambiente extraño, con un idioma y unas normas extrañas, sumando experiencias, pero ya acostumbrado a la sensación de vacío, de un vacío que no acaba nunca, que se extiende al infinito allá adonde voy y me hace sentir muy pequeño. Suena la música, es oscurita, como me gusta, es viernes por la tarde, el sol ha remitido y no llueve. Vivo en una ciudad maravillosa, hay Jägermeister en la nevera y esta noche se supone festival, encuentro con viejos amigos.

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